(Discurso de Francisco Carrégalo en la inauguración de la exposición de los hermanos Carrégalo en Antequera)
En primer lugar, dar las gracias a nuestro Alcalde del Excmo. Ayuntamiento de Antequera,
señor D. Manuel Barón Ríos.
Hace ya más de cinco años me dijo: “Paco, te preparo una exposición”, y yo le dije: “Manolo, todavía es pronto”. Pero el mes de julio pasado vio algunos de mis cuadros y me lo ofreció otra vez, y yo acepté, pero con la condición de que mi hermano Pepe también expusiera, y él aceptó.
Mi hermano te da las gracias, y yo te digo, Manolo: cumpliste tu palabra.
Permitidme que, como siempre en cada acto, haga referencia a mis padres, porque sin su trabajo y esfuerzo hoy no estaríamos aquí. También quiero mencionar a mi hermano Juan, que tanto hizo por la cultura en Cartaojal y en Antequera.
Nuestros padres nunca sacaron a sus hijos de la escuela para trabajar, pero eso sí, los fines de semana y las vacaciones ayudábamos en lo que se podía.
Esta exposición quiero dedicársela a una persona muy especial para mí: mi hijo Álvaro.
Porque el arte, igual que la vida, también se consigue con la lucha, con caídas y con esperanza.
Hijo, quiero que sepas que nadie está definido por sus errores, sino por el valor de levantarse, y tú lo estás haciendo. Cada paso que das para salir adelante ya es una victoria.
Hoy, entre estos cuadros, también está pintada mi confianza en ti, mi orgullo y mi amor de padre.
Sigue caminando, la luz siempre termina encontrando su sitio.
Mi hermano y yo venimos de la misma raíz. Hemos crecido bajo el mismo cielo, escuchado los mismos silencios, vivido los mismos inviernos y sentido el mismo sol sobre la piel.
Sin embargo, la luz, cuando entra en el alma de cada persona, se transforma de forma diferente.
Y eso es lo que hoy queremos compartir con vosotros: dos formas distintas de mirar la vida, nacidas del mismo origen.
Ese cuadro no está pintado solamente con óleo o con color. Está pintado con recuerdos.
Mis padres cultivaban melones desde abril hasta octubre. Vivíamos humildemente en una choza, en medio del campo, rodeados de tierra, viento y trabajo.
A veces pienso que las personas más ricas no son las que más tienen, sino las que nunca olvidan de dónde vienen.
Aquellos melonares no solo daban fruto, también sembraban valores.
Nos enseñaron el sacrificio, la humildad, el respeto y la capacidad de seguir adelante incluso en los momentos difíciles.
Y quizás por eso pintamos. Porque hay recuerdos que el corazón necesita rescatar para que nunca desaparezcan.
Porque el arte, muchas veces, es la forma más hermosa que tiene la memoria de seguir viviendo.
Mi hermano y yo pintamos distinto. Cada uno interpreta la luz, el color y la emoción desde su propia sensibilidad. Pero de cada pincelada sigue latiendo aquella misma infancia compartida, aquella misma tierra, aquella misma raíz.
Hoy no venimos solamente a enseñaros cuadros. Venimos a abriros una puerta hacia nuestra historia. Hacia lo que fuimos. Y hacia todo aquello que todavía vive entre nosotros.
Ojalá que, al recorrer esta exposición, no miréis solo las formas o los colores. Ojalá podáis sentir el alma que hay detrás de cada obra.
Porque cuando un cuadro logra emocionar a alguien, deja de pertenecer al pintor y pasa a formar parte de quien lo contempla.
Muchas gracias.

No hay comentarios:
Publicar un comentario